viernes, 10 de octubre de 2008

LA CULTURA DEL EXCESO 1

PASEANDO EL PERRITO: UN MODELO DE MICROECONOMÍA
Una de mis amigas está convencida de que la recesión de la economía es una especie de castigo divino. “Sodoma y Gomorra”, Ehell, dice. “En eso se había convertido el mundo”. A ver, igual aquí se hace necesaria una aclaración por mi parte. Esta amiga mía no es una beata ignorante… aunque es verdad que lleva tiempo diciéndome (con bastante sorna): “Ethell, estoy llegando a esa edad en la que las mujeres necesitamos o comprarnos un perrito o encontrar la fe”. A mí, sinceramente, la idea del perrito sólo me atrae esas tardes de principio del verano en las vas paseando por los bulevares camino a una terracita en la que has quedado con los amigos y te cruzas con un perrito y su dueño dando un paseo. En esos momentos algo se remueve en mi interior – algo cálido - y deseo ser dueña de un perrito y pasearlo por los bulevares. Pero luego pienso que esos atardeceres de verano sólo se dan en una época determinada del año (lógicamente) y me imagino en febrero paseando mascotas obligatoriamente tres veces al día y el interior se me congela. Ese tipo de arrebatos emocionales siempre se enfrían proyectándolos hacia el futuro. Funciona de maravilla con los hombres, también. Con la fe, no sé porque no la he encontrado. Aún.
En fin, volvamos con mi amiga que seguramente, a estas alturas, estará rebotada conmigo si está leyendo esto. ¡Este blog va a ser fatal para mi vida social! Ella también dice que esta crisis es la derrota del capitalismo, del liberalismo y de la globalización, el fin del relativismo que nos ha convertido en máquinas de consumo (porque sólo salimos del nihilismo pasivo para ir de compras)… y muchas interpretaciones más serias, menos mesiánicas pero igual de apocalípticas.
[“¿Te vale con eso, querida? Lo siento pero es que eso ya lo podemos leer en el periódico. Lo tuyo resulta más entretenido”].
Mi amiga aún no se ha comprado el perro ni ha encontrado la iluminación, tan sólo se ha dado un susto de muerte con esto de la crisis. Como todos. Un batacazo. Y le ha hecho reflexionar, como deberíamos hacer todo porque creo que hemos estado todos imaginándonos paseando al perrito en una tarde de verano perpetúa.
Un amigo mío nos decía el otro día “Esto es mucho peor de lo que nos cuentan”. ¿Peor de lo que nos cuentan? No creo. Pero peor de lo que conseguimos entender, sí. Ese día habíamos ido a ver una peli a la Gran Vía. “Al cine sólo voy a ver superproducciones, o películas de aventuras y de amor y lujo”, dice mi amigo, “Para ver cine de ensayo lo veo en mi casa, que al menos ahí puedo fumar”. Antes de entrar a la sesión (no recuerdo si era Viaje al fin de la Tierra, El caballero oscuro, La Momia o Hancock, las hemos visto todas) nos echamos un piti en silencio – somos todos ya viejos amigos y afortunadamente ya no hay que hablar todo el tiempo). “Es el fin del mundo tal y como lo conocemos”, dijo este amigo repente. Peazo sentencia. Estuve a punto de rogarle que fuera su yo insustancial de siempre pero entonces mi amiga dijo: ¿”Habéis visto a la gente? Entran en las tiendas, miran, y salen todos sin bolsas. Es como si fueran unos ¡zombies del consumismo!”. Estuve a punto de llamarla insustancial cuando miré alrededor, a la Gran Vía, a la gente, a las tiendas iluminadas, a los coches todos ellos tapado con una nube oscura de pesimismo… Y me callé. Al rato les pregunté: “¿Os acordáis cuando vinimos a ver Blade Runner al Palacio de la Música?”. Y me temo que mi asociación venía de esa primera escena de la película en la que la nave sobrevuela sobre un mundo caótico, consumista, inhóspito, inhumano y cruel. Mi amigo contestó con un: “Sí, joder, éramos unos pimpollos… ¿Hace cuánto de eso? ¿Más de veinte años?” y me di cuenta de que es muchísimo mejor cuando estamos en silencio y no hablamos. Quizás por eso vamos al cine.