jueves, 7 de agosto de 2008

DIME CUÁNTOS CENTÍMETROS DE DYMO REQUIERE TU NOMBRE Y TE DIRÉ QUIÉN ERES


Tengo una amiga que acaba de mudarse a un barrio bien. Pero bien, bien. De rancio abolengo. Bueno, más de rancio que de lo otro. Mi amiga se confiesa una venida a menos que siempre ha vivido por encima de sus posibilidades. Pero como dice ella, tan sólo son posibilidades, no hechos así que tampoco es para tanto. A mí me encanta la ligereza de mi amiga. De hecho, me parece una de sus grandes virtudes. Pero el argumento, por demoledor que parezca cuando se dice con convicción – como hace ella – resulta bastante poco práctico a juzgar por las penurias de una vida que ha dependido de créditos y de algún golpe de suerte profesional que otro en las mil invenciones se le han ocurrido a mi amiga para no vivir la vida real, y que ya han quedado en la memoria porque hace algún tiempo que ocurrieron.

“Me ha pillado la bola de nieve, Ethel”, me dice mi amiga. “Ha ido rondando detrás pillándome los talones y al final se ha convertido en un alud”. Esa metáfora por mucho que convoque imágenes de Gstaad y suene tres chic, en realidad quiere decir que a mi amiga se le ha acabado el crédito. Irónicamente, la única casa que ha conseguido alquilar está en uno de los mejores barrios de Madrid. Parece ser que a la gente bien no le piden avales bancarios, ni nóminas ni nada para alquilarse un piso; tan sólo contactos y algún apellido compuesto. Mi amiga tiene suerte en eso. Puede que sea oveja negra, pero su lana se cotiza.

Así que se ha mudado recientemente a su nuevo piso. Mi amiga es aficionada a las teorías. Muchas de ellas no tienen sustancia alguna, pero eso no es razón para que no elabore el más detallado argumento sobre la premisa más insustancial. Le gusta argumentar tan sólo por el placer de hacerlo. Puede que no resulte muy formativo, pero sí muy entretenido. Una de las primeras teorías elaboradas por mi amiga al empezar a vivir en su nuevo edificio es la “teoría del dymo”. El Dymo fue en su día uno de los regalos de comunión más populares. Hablamos de los setenta. Supongo que la teoría de mi amiga delata su edad. “Si le cuentas a alguien mi teoría, Ethel”, me dijo el otro día, “espero que compruebes antes que el Dymo no esté descatalogado. Si lo está, se me van a notar muchísimo los años”. Lo cierto es que no lo he comprobado pero el otro regalo estrella de la Primera Comunión, que era la Bola Loca, creo que todavía anda por ahí. Espero que a mi amiga le valga la comprobación parcial. La mía no es una mente empírica y científica como la suya...

El Dymo – por si las moscas resulta que está descatalogado – era un aparatito con forma de nave interestelar a lo Enterprise con una rueda en la que aparecían las letras del alfabeto. Seleccionabas la letra, presionabas y se grababa sobre una cita adhesiva de plástico duro. Los días siguientes a tu Primera Comunión, ¡fiebre de etiquetaje!, lo marcabas prácticamente todo… hasta que se gastaban las dos bovinas que venían en el paquete y tus padres nunca te compraban más. Bueno, al menos ni a mí ni mi amiga nos lo compraron jamás. A veces nos preguntamos si esa será la causa de nuestra eterna indefinición en la vida y el origen de muchos de nuestros problemas: no haberle cogido práctica a ponerle etiquetas a las cosas…Pero esa es otra teoría. Sin duda mi amiga la elaborará durante alguna sobremesa de pacharanes. Volvamos a la teoría dymo.

Pero, antes, una aclaración. Mi amiga tiene una habilidad: contar. Es una habilidad que ha ejercitado durante años contando todo lo que había a su alrededor: paquetes de cereales, de tabaco, letras impresas en esos paquetes, en las latas, en las botellas, en las cajetillas de tabaco, baldosas del suelo, de las paredes… Vamos, le pones a mi amiga un alicatado hasta el techo y en una sola mirada te dice cuántas baldosas hay en toda la habitación. Esta amiga mía tenía un marido que hablaba y hablaba. Hablaba muchísimo, por los codos. La mayoría de las veces de sí mismo. Y ella es una mujer de una educación y una cortesía exquisitas que rayan en la complacencia absoluta. Así que durante años se sentó al otro lado de la mesa, y escuchó y escuchó. Y cuando los temas empezaron a repetirse una y otra vez empezó a contar cosas. “Mi marido, Ethel”, me dice, “es mucho mejor que el BrainTrainer”.

Así que con esa habilidad, mi amiga no podía sino empezar a sumar mentalmente las letras de los nombres que aparecen en los buzones de su nuevo edificio. Y ha sacado una medida “tipográfica” del “quién es quién” en la rancia oligarquía madrileña: ningún nombre baja de las veinticinco letras, y lo compuesto siempre está en los apellidos, rara vez en el nombre. Así que se podría sacar una media de dymo-centímetros para saber quién es realmente quién en sociedad. “Ethel, a partir de ahora, sólo hombres con veinticinco letras o más. Son los únicos que realmente son alguien”. Una vez más, los hombres se enfrentan a algún tipo de medida y, desde luego, a mi amiga le encantaría poder la exacta proporción de centímetros en dymo tape pero no se atreve a ir a El Corte Inglés – “Si no lo tienen en El Corte Inglés, Ethel, no lo tienen en ninguna parte” - a preguntar si aún existe. Será empírica y científica, pero le puede más la coquetería.