PASEANDO EL PERRITO: UN MODELO DE MICROECONOMÍA
Una de mis amigas está convencida de que la recesión de la economía es una especie de castigo divino. “Sodoma y Gomorra”, Ehell, dice. “En eso se había convertido el mundo”. A ver, igual aquí se hace necesaria una aclaración por mi parte. Esta amiga mía no es una beata ignorante… aunque es verdad que lleva tiempo diciéndome (con bastante sorna): “Ethell, estoy llegando a esa edad en la que las mujeres necesitamos o comprarnos un perrito o encontrar la fe”. A mí, sinceramente, la idea del perrito sólo me atrae esas tardes de principio del verano en las vas paseando por los bulevares camino a una terracita en la que has quedado con los amigos y te cruzas con un perrito y su dueño dando un paseo. En esos momentos algo se remueve en mi interior – algo cálido - y deseo ser dueña de un perrito y pasearlo por los bulevares. Pero luego pienso que esos atardeceres de verano sólo se dan en una época determinada del año (lógicamente) y me imagino en febrero paseando mascotas obligatoriamente tres veces al día y el interior se me congela. Ese tipo de arrebatos emocionales siempre se enfrían proyectándolos hacia el futuro. Funciona de maravilla con los hombres, también. Con la fe, no sé porque no la he encontrado. Aún.
En fin, volvamos con mi amiga que seguramente, a estas alturas, estará rebotada conmigo si está leyendo esto. ¡Este blog va a ser fatal para mi vida social! Ella también dice que esta crisis es la derrota del capitalismo, del liberalismo y de la globalización, el fin del relativismo que nos ha convertido en máquinas de consumo (porque sólo salimos del nihilismo pasivo para ir de compras)… y muchas interpretaciones más serias, menos mesiánicas pero igual de apocalípticas.
[“¿Te vale con eso, querida? Lo siento pero es que eso ya lo podemos leer en el periódico. Lo tuyo resulta más entretenido”].
Mi amiga aún no se ha comprado el perro ni ha encontrado la iluminación, tan sólo se ha dado un susto de muerte con esto de la crisis. Como todos. Un batacazo. Y le ha hecho reflexionar, como deberíamos hacer todo porque creo que hemos estado todos imaginándonos paseando al perrito en una tarde de verano perpetúa.
Un amigo mío nos decía el otro día “Esto es mucho peor de lo que nos cuentan”. ¿Peor de lo que nos cuentan? No creo. Pero peor de lo que conseguimos entender, sí. Ese día habíamos ido a ver una peli a la Gran Vía. “Al cine sólo voy a ver superproducciones, o películas de aventuras y de amor y lujo”, dice mi amigo, “Para ver cine de ensayo lo veo en mi casa, que al menos ahí puedo fumar”. Antes de entrar a la sesión (no recuerdo si era Viaje al fin de la Tierra, El caballero oscuro, La Momia o Hancock, las hemos visto todas) nos echamos un piti en silencio – somos todos ya viejos amigos y afortunadamente ya no hay que hablar todo el tiempo). “Es el fin del mundo tal y como lo conocemos”, dijo este amigo repente. Peazo sentencia. Estuve a punto de rogarle que fuera su yo insustancial de siempre pero entonces mi amiga dijo: ¿”Habéis visto a la gente? Entran en las tiendas, miran, y salen todos sin bolsas. Es como si fueran unos ¡zombies del consumismo!”. Estuve a punto de llamarla insustancial cuando miré alrededor, a la Gran Vía, a la gente, a las tiendas iluminadas, a los coches todos ellos tapado con una nube oscura de pesimismo… Y me callé. Al rato les pregunté: “¿Os acordáis cuando vinimos a ver Blade Runner al Palacio de la Música?”. Y me temo que mi asociación venía de esa primera escena de la película en la que la nave sobrevuela sobre un mundo caótico, consumista, inhóspito, inhumano y cruel. Mi amigo contestó con un: “Sí, joder, éramos unos pimpollos… ¿Hace cuánto de eso? ¿Más de veinte años?” y me di cuenta de que es muchísimo mejor cuando estamos en silencio y no hablamos. Quizás por eso vamos al cine.
viernes, 10 de octubre de 2008
jueves, 7 de agosto de 2008
DIME CUÁNTOS CENTÍMETROS DE DYMO REQUIERE TU NOMBRE Y TE DIRÉ QUIÉN ERES

Tengo una amiga que acaba de mudarse a un barrio bien. Pero bien, bien. De rancio abolengo. Bueno, más de rancio que de lo otro. Mi amiga se confiesa una venida a menos que siempre ha vivido por encima de sus posibilidades. Pero como dice ella, tan sólo son posibilidades, no hechos así que tampoco es para tanto. A mí me encanta la ligereza de mi amiga. De hecho, me parece una de sus grandes virtudes. Pero el argumento, por demoledor que parezca cuando se dice con convicción – como hace ella – resulta bastante poco práctico a juzgar por las penurias de una vida que ha dependido de créditos y de algún golpe de suerte profesional que otro en las mil invenciones se le han ocurrido a mi amiga para no vivir la vida real, y que ya han quedado en la memoria porque hace algún tiempo que ocurrieron.
“Me ha pillado la bola de nieve, Ethel”, me dice mi amiga. “Ha ido rondando detrás pillándome los talones y al final se ha convertido en un alud”. Esa metáfora por mucho que convoque imágenes de Gstaad y suene tres chic, en realidad quiere decir que a mi amiga se le ha acabado el crédito. Irónicamente, la única casa que ha conseguido alquilar está en uno de los mejores barrios de Madrid. Parece ser que a la gente bien no le piden avales bancarios, ni nóminas ni nada para alquilarse un piso; tan sólo contactos y algún apellido compuesto. Mi amiga tiene suerte en eso. Puede que sea oveja negra, pero su lana se cotiza.
Así que se ha mudado recientemente a su nuevo piso. Mi amiga es aficionada a las teorías. Muchas de ellas no tienen sustancia alguna, pero eso no es razón para que no elabore el más detallado argumento sobre la premisa más insustancial. Le gusta argumentar tan sólo por el placer de hacerlo. Puede que no resulte muy formativo, pero sí muy entretenido. Una de las primeras teorías elaboradas por mi amiga al empezar a vivir en su nuevo edificio es la “teoría del dymo”. El Dymo fue en su día uno de los regalos de comunión más populares. Hablamos de los setenta. Supongo que la teoría de mi amiga delata su edad. “Si le cuentas a alguien mi teoría, Ethel”, me dijo el otro día, “espero que compruebes antes que el Dymo no esté descatalogado. Si lo está, se me van a notar muchísimo los años”. Lo cierto es que no lo he comprobado pero el otro regalo estrella de la Primera Comunión, que era la Bola Loca, creo que todavía anda por ahí. Espero que a mi amiga le valga la comprobación parcial. La mía no es una mente empírica y científica como la suya...
El Dymo – por si las moscas resulta que está descatalogado – era un aparatito con forma de nave interestelar a lo Enterprise con una rueda en la que aparecían las letras del alfabeto. Seleccionabas la letra, presionabas y se grababa sobre una cita adhesiva de plástico duro. Los días siguientes a tu Primera Comunión, ¡fiebre de etiquetaje!, lo marcabas prácticamente todo… hasta que se gastaban las dos bovinas que venían en el paquete y tus padres nunca te compraban más. Bueno, al menos ni a mí ni mi amiga nos lo compraron jamás. A veces nos preguntamos si esa será la causa de nuestra eterna indefinición en la vida y el origen de muchos de nuestros problemas: no haberle cogido práctica a ponerle etiquetas a las cosas…Pero esa es otra teoría. Sin duda mi amiga la elaborará durante alguna sobremesa de pacharanes. Volvamos a la teoría dymo.
Pero, antes, una aclaración. Mi amiga tiene una habilidad: contar. Es una habilidad que ha ejercitado durante años contando todo lo que había a su alrededor: paquetes de cereales, de tabaco, letras impresas en esos paquetes, en las latas, en las botellas, en las cajetillas de tabaco, baldosas del suelo, de las paredes… Vamos, le pones a mi amiga un alicatado hasta el techo y en una sola mirada te dice cuántas baldosas hay en toda la habitación. Esta amiga mía tenía un marido que hablaba y hablaba. Hablaba muchísimo, por los codos. La mayoría de las veces de sí mismo. Y ella es una mujer de una educación y una cortesía exquisitas que rayan en la complacencia absoluta. Así que durante años se sentó al otro lado de la mesa, y escuchó y escuchó. Y cuando los temas empezaron a repetirse una y otra vez empezó a contar cosas. “Mi marido, Ethel”, me dice, “es mucho mejor que el BrainTrainer”.
Así que con esa habilidad, mi amiga no podía sino empezar a sumar mentalmente las letras de los nombres que aparecen en los buzones de su nuevo edificio. Y ha sacado una medida “tipográfica” del “quién es quién” en la rancia oligarquía madrileña: ningún nombre baja de las veinticinco letras, y lo compuesto siempre está en los apellidos, rara vez en el nombre. Así que se podría sacar una media de dymo-centímetros para saber quién es realmente quién en sociedad. “Ethel, a partir de ahora, sólo hombres con veinticinco letras o más. Son los únicos que realmente son alguien”. Una vez más, los hombres se enfrentan a algún tipo de medida y, desde luego, a mi amiga le encantaría poder la exacta proporción de centímetros en dymo tape pero no se atreve a ir a El Corte Inglés – “Si no lo tienen en El Corte Inglés, Ethel, no lo tienen en ninguna parte” - a preguntar si aún existe. Será empírica y científica, pero le puede más la coquetería.
“Me ha pillado la bola de nieve, Ethel”, me dice mi amiga. “Ha ido rondando detrás pillándome los talones y al final se ha convertido en un alud”. Esa metáfora por mucho que convoque imágenes de Gstaad y suene tres chic, en realidad quiere decir que a mi amiga se le ha acabado el crédito. Irónicamente, la única casa que ha conseguido alquilar está en uno de los mejores barrios de Madrid. Parece ser que a la gente bien no le piden avales bancarios, ni nóminas ni nada para alquilarse un piso; tan sólo contactos y algún apellido compuesto. Mi amiga tiene suerte en eso. Puede que sea oveja negra, pero su lana se cotiza.
Así que se ha mudado recientemente a su nuevo piso. Mi amiga es aficionada a las teorías. Muchas de ellas no tienen sustancia alguna, pero eso no es razón para que no elabore el más detallado argumento sobre la premisa más insustancial. Le gusta argumentar tan sólo por el placer de hacerlo. Puede que no resulte muy formativo, pero sí muy entretenido. Una de las primeras teorías elaboradas por mi amiga al empezar a vivir en su nuevo edificio es la “teoría del dymo”. El Dymo fue en su día uno de los regalos de comunión más populares. Hablamos de los setenta. Supongo que la teoría de mi amiga delata su edad. “Si le cuentas a alguien mi teoría, Ethel”, me dijo el otro día, “espero que compruebes antes que el Dymo no esté descatalogado. Si lo está, se me van a notar muchísimo los años”. Lo cierto es que no lo he comprobado pero el otro regalo estrella de la Primera Comunión, que era la Bola Loca, creo que todavía anda por ahí. Espero que a mi amiga le valga la comprobación parcial. La mía no es una mente empírica y científica como la suya...
El Dymo – por si las moscas resulta que está descatalogado – era un aparatito con forma de nave interestelar a lo Enterprise con una rueda en la que aparecían las letras del alfabeto. Seleccionabas la letra, presionabas y se grababa sobre una cita adhesiva de plástico duro. Los días siguientes a tu Primera Comunión, ¡fiebre de etiquetaje!, lo marcabas prácticamente todo… hasta que se gastaban las dos bovinas que venían en el paquete y tus padres nunca te compraban más. Bueno, al menos ni a mí ni mi amiga nos lo compraron jamás. A veces nos preguntamos si esa será la causa de nuestra eterna indefinición en la vida y el origen de muchos de nuestros problemas: no haberle cogido práctica a ponerle etiquetas a las cosas…Pero esa es otra teoría. Sin duda mi amiga la elaborará durante alguna sobremesa de pacharanes. Volvamos a la teoría dymo.
Pero, antes, una aclaración. Mi amiga tiene una habilidad: contar. Es una habilidad que ha ejercitado durante años contando todo lo que había a su alrededor: paquetes de cereales, de tabaco, letras impresas en esos paquetes, en las latas, en las botellas, en las cajetillas de tabaco, baldosas del suelo, de las paredes… Vamos, le pones a mi amiga un alicatado hasta el techo y en una sola mirada te dice cuántas baldosas hay en toda la habitación. Esta amiga mía tenía un marido que hablaba y hablaba. Hablaba muchísimo, por los codos. La mayoría de las veces de sí mismo. Y ella es una mujer de una educación y una cortesía exquisitas que rayan en la complacencia absoluta. Así que durante años se sentó al otro lado de la mesa, y escuchó y escuchó. Y cuando los temas empezaron a repetirse una y otra vez empezó a contar cosas. “Mi marido, Ethel”, me dice, “es mucho mejor que el BrainTrainer”.
Así que con esa habilidad, mi amiga no podía sino empezar a sumar mentalmente las letras de los nombres que aparecen en los buzones de su nuevo edificio. Y ha sacado una medida “tipográfica” del “quién es quién” en la rancia oligarquía madrileña: ningún nombre baja de las veinticinco letras, y lo compuesto siempre está en los apellidos, rara vez en el nombre. Así que se podría sacar una media de dymo-centímetros para saber quién es realmente quién en sociedad. “Ethel, a partir de ahora, sólo hombres con veinticinco letras o más. Son los únicos que realmente son alguien”. Una vez más, los hombres se enfrentan a algún tipo de medida y, desde luego, a mi amiga le encantaría poder la exacta proporción de centímetros en dymo tape pero no se atreve a ir a El Corte Inglés – “Si no lo tienen en El Corte Inglés, Ethel, no lo tienen en ninguna parte” - a preguntar si aún existe. Será empírica y científica, pero le puede más la coquetería.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)
